Fantasia 2021: TODAS LAS LUNAS, la condena de la inmortalidad

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Todas las lunas (Ilargi Guztiak, 2020), del vasco Igor Legarreta, tiene más ideas y ambición que buena parte de las películas modernas relacionadas a uno de los subgéneros clásicos del terror: los vampiros. 

El inicio de la historia nos remonta hasta 1876, durante el final de la Tercera Guerra Carlista, cuando una huérfana (Haizea Carneros) es la única sobreviviente tras el bombardeo de un convento. “¿Eres un ángel?”, le pregunta la pequeña a una misteriosa figura que se aparece para rescatarla, pero estamos en un filme de terror que bebe del mito de los vampiros y, aquí, el tema está ligado al horror de la guerra: ¿qué mejor para una tribu necesitada de sangre que los “fértiles” campos de batalla de una guerra? Itziar Ituño interpreta a Emakumea, parte de dicha tribu y quien funge como la primera figura materna en la vida de la protagonista. La última parte de Todas las lunas se desarrolla en 1936, al inicio de la Guerra Civil española, otorgándole a la película una diversidad de facetas. 

Luego de que en 1876 la niña se queda sola tras el brutal ataque humano a la tribu, Todas las lunas mezcla el vampirismo con la supervivencia en el entorno salvaje. Rápidamente pasan 10 años y nos encontramos con una suerte de niña feral viviendo en una cueva, ha aprendido a cazar animales para beber su sangre y, poco a poco, ha vencido una de las debilidades por excelencia de los vampiros: la mortal exposición a la luz. 

Si la idea de poner a los vampiros como carroñeros de guerra se siente fresca, las cosas suben un nivel cuando la protagonista goza de inmunidad a la luz, remarcando esa vertiente de cine de supervivencia. Esto nos lleva a la siguiente faceta de Todas las lunas, cuando la pequeña se acerca a un pueblo y cae en una trampa para lobos, se revela la trágica historia de Kandido (Josean Bengoetxea): su esposa falleció al dar a luz y luego su hija se ahogó en un accidente. 

Pueden imaginarse por dónde va la historia y, en efecto, Todas las lunas se dirige a la clásica y emotiva relación padre-hija que se antoja conflictiva. Kandido no tarda mucho en agarrarle cariño a la pequeña vampira –incluso le da ropa de su hija fallecida y la nombra Amaia– , hecho que lo hace sentirse vivo una vez más. Aunque, como aficionados al fantaterror, sabemos lo poco probable del final feliz de esta relación, sobre todo cuando Kandido comienza a llevar a Amaia a la iglesia o ella entabla amistad con un chico local (Lier Quesada).

Lo interesante de Todas las lunas es que cuando parece que el desenlace consistirá en la figura paterna tratando de salvar a la pequeña de los vecinos del pueblo, Legarreta consigue cambiar de dirección. Por un momento se encamina al subgénero de los exorcismos, aunque finalmente confirma su interés por la inmortalidad vampírica y así hacer más amplio el alcance de su relato. De esta manera queda claro el tema de esta ambiciosa épica menor a los 100 minutos de duración: la inmortalidad es una condena. Es un ciclo que Amaia pretende romper, porque la muerte es el combustible esencial para que la vida, mientras dure y duela, pueda ser eso: vida.