Nightstream 2020: DEADLINE, mordaz exploración al cine de terror

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

De las compañías dedicadas a rescatar cine de género y comercializarlo en excelentes ediciones especiales en Blu-ray, Vinegar Syndrome (VS) es probablemente la que “desentierra” las películas más desconocidas. El pasado 28 de abril del presente año, lanzaron al mercado el Blu-ray/DVD del filme canadiense Deadline (1980), dirigido por Mario Azzopardi y ahora incluido en la sección Nightstream Retro del festival virtual. 

Hay un gran número de películas maravillosas sobre el quehacer cinematográfico. Deadline podría insertarse como una de las definitivas de esa categoría. Quizá la obra definitiva sobre la creación del cine de terror y su controversial naturaleza. Presentada por Nightstream como un exponente del Canuxploitation (explotación producida en Canadá), Deadline tiene como protagonista a Steven Lessey (Stephen Young), un antiguo profesor universitario convertido en un escritor y guionista de cine sumamente exitoso, aunque su trabajo, perteneciente al género del terror, suele tener férreos detractores. 

Deadline es una película poco convencional, profunda en sus ideas y con una narrativa un tanto episódica. Es un marcado estudio de personaje, conocemos tanto la vida profesional como personal de Steven, quien no pasa por su mejor momento. Su trabajo está estancado, el clásico productor fílmico (Marvin Goldhar) que prioriza los billetes por encima de cualquier tipo de evolución artística, obviamente busca que nuestro protagonista siga con la fórmula probada. Presionado por terminar su nuevo guión, de lo contrario se meterá en problemas legales, Steven trata de llenar páginas con material terrorífico pero nada parece satisfacerlo. Cuando deja la máquina de escribir para checar cómo va la nunsploitation (cine con monjas) que están filmando basada en su guión, su actitud es cínica. Particularmente cuando la actriz principal (Jeannie Elias) revela tener aires de grandeza. Steven, como le sucede a muchos obreros cinematográficos en la vida real, reniega de su propio trabajo.

Deadline es una fascinante reflexión sobre un género que nunca será para todos, un género que desde la época de Lon Chaney y London After Midnight (1927), del slasher, del torture porn, hasta nuestros tiempos, suele ser tachado de inmoral y peligroso para la sociedad. Basta recordar a cierto influencer mexicano que dijo, este año, que los directores de cine gore son asesinos en potencia. 

Deadline es deliberadamente excesiva, esos pasajes que retratan las ideas de Steven o que son películas dentro de la película, permiten a Azzopardi regocijarse con la faceta más violenta y retorcida del género. Una cabra asesina, casi burlona, con poderes telepáticos; una mujer que se ahoga en una bañera inundada por la sangre; unos niños atando en una cama a su abuela y quemándola viva; unas monjas que se comen los órganos de un sacerdote; y hasta un grupo de rock emitiendo un sonido mortal. Todas son secuencias memorables por sí mismas. También representan ese tipo de terror populachero que tiene cansado a su creador y que causa repulsión a una parte de la audiencia. Por ejemplo, al principio observamos cómo una presentación/homenaje en su antiguo campus termina mal para Steven cuando varios jóvenes lo cuestionan y tachan de degenerado. Él defiende su obra, dice hacer terror como metáfora de una sociedad corrupta, pero, luego lo sabremos, en el fondo desea evolucionar como artista, encontrar el horror “verdadero” y “máximo”. 

A lo largo del metraje, también nos acercamos al lado personal de Steven. Su crisis laboral definitivamente termina por afectar la relación con su familia. Su matrimonio con Elizabeth (Sharon Masters), una ex-alumna, cada día se desgasta más. Ella, sintiéndose abandonada, también ha perdido el rumbo, prefiere las fiestas y la cocaína, hasta se sugiere que tiene un amante. La relación es de carácter violento y, por supuesto, sus tres hijos son testigos. Ambos son terribles padres, ninguno está ahí para guiar a los pequeños cuando estos se disponen, por mera curiosidad, a ver la primera y controversial película de su papá, en la que unos infantes fungen como verdugos.

Uno de los comentarios poderosos de Deadline responde a esas constantes acusaciones de que el terror y la violencia en pantalla provocan terror y violencia en la vida real. Por supuesto, siempre será más fácil echarle la culpa al cine o a los videojuegos, que poner el reflector en los problemas verdaderos, en el terror mundano, aquí encarnado por unos padres canallas. Cuando quiebras a tu familia y olvidas a tus hijos, ciertamente eres más peligroso que Michael Myers, Jason Voorhees, o los ficticios niños ejecutores de Steven. 

Este estudio de personaje cierra de manera brutal, con un bajón/golpe de realidad grotesco y terrorífico en medio del vulgar exceso (mujeres, alcohol, cocaína, celuloide) que busca Steven para evadirse. Y con un artista obligado a seguir produciendo, que finalmente encuentra ese horror máximo y la deseada evolución artística, alejada de las fórmulas, en un desenlace mordaz, producto de su propia experiencia, el fruto de su crisis y duelo. Deadline, simplemente, es uno de los rescates de cine de género más extraordinarios del año.