Fantastic Fest 2020: TEDDY, licantropía y desamor adolescente

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

Celebration of Fantastic Fest, la edición híbrida del festival texano de cine fantástico (mayormente virtual), arrancó con la francesa Teddy (2020), incluida originalmente en la “Selección Oficial” del Festival Internacional de Cine de Cannes. Escrita y dirigida por los gemelos Ludovic y Zoran Boukherma, se trata de una entrada más al subgénero del terror enfocado en los licántropos. El filme conecta con varios exponentes del subgénero que presentan una historia coming-of-age.

El personaje titular (Anthony Bajon, de gran actuación) es un adolescente irrespetuoso y molesto. Detrás de su actitud se esconde algo más: Teddy vive en un hogar adoptivo junto a Pépin –un hombre con ciertos problemas mentales (interpretado por Ludovic Torrent)– y su “tía”, quien está, prácticamente, en estado vegetativo. Teddy no estudia y odia su trabajo, da masajes, depila y destapa inodoros en un salón de belleza, donde, por si fuera poco, su jefa (Noémie Lvovsky), una mujer mayor, intenta seducirlo –“¿que no has escuchado del Me Too?”, dice reluctante el protagonista–. Sin duda, el rayo de luz en el presente del joven es su novia Rebecca (Christine Gautier), una estudiante con quien Teddy ha visualizado –ingenuamente– un futuro juntos, construir una casa, tener un buen empleo, procrear, etc. 

A diferencia de la popular Travesuras de un lobo adolescente (Teen Wolf, 1985) –donde Michael J. Fox descubre que es un licántropo, y luego aprende lecciones sobre la importancia de tomar las cosas con calma y ser uno mismo–, en Teddy el coming-of-age se entrelaza con el escenario y desarrollo de los clásicos del terror sobre hombres lobo. Travesuras de un lobo adolescente, por ejemplo, es muchas cosas, hasta película de básquetbol, pero no terror. 

El escenario en Teddy es familiar: en un pueblo francés no es novedad que el ganado aparezca muerto y todo apunta a un lobo suelto. Podemos deducir el misterio desde la primera secuencia, en ella una anciana es atacada fuera de cuadro, vemos sangre y una luna llena. El joven Teddy se convierte en víctima de este licántropo, aunque nada es explícito y él mismo no vio bien que lo atacó. 

El desarrollo de la película es clásico, Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981) es una referencia clara: Teddy empieza a tener sueños extraños y, eventualmente, amanece desnudo sin recuerdo alguno de sus violentas acciones. 

Los hermanos Boukherma, como en su momento lo hizo John Landis, añaden una dosis humorística, propia de película de adolescentes (sexo, drogas, fiesta) o de terror (la extravagancia de Pépin, quien entiende inmediatamente que Teddy fue atacado por algo fuera de lo normal). Aunque los Boukherma coquetean con explorar el body horror inherente a los cambios físicos que sufre Teddy (pelos en la lengua o en el ojo llevan a momentos visiblemente dolorosos), finalmente no apuestan por una transformación explícita. No tienen a un Rick Baker como sí lo tuvo Landis. 

La película no muestra los momentos de mayor violencia, sólo somos testigos de las brutales consecuencias. Es una decisión creativa que, muy posiblemente, surgió por alguna limitante de presupuesto, pero que es usada con solidez por los creadores de la película. Al Teddy licántropo apenas y lo alcanzamos a ver, esto en el clímax: una secuencia deliberadamente oscura que inicia precisamente con su pata bajando el switch de la luz del lugar. Sin embargo, este aparente anticlímax funciona y va acorde a la intención principal de la propuesta. 

Teddy sigue el crecimiento de un marginado social, como es un adolescente el problema central es el desamor, esa gran decepción cuando, naturalmente, la otra mitad de una relación deja de navegar en el mismo sentido y parece ser el fin del mundo. Este conflicto se liga a la “maldición” que explota cuando hay luna llena. La cámara enfoca esos momentos de dolor entre Teddy (un personaje de esos que te importan) y las personas más cercanas a él: por supuesto Rebecca (ese único momento con el protagonista totalmente transformado en lobo es su despedida a ella) y su figura paterna Pépin, a pesar de su estado mental siempre se muestra comprensivo y afectuoso. 

Lejos de ser un festín gore o de terror corporal, bien pudo serlo, Teddy es en su núcleo una película sobria y melancólica, en línea con esos desenlaces inevitables de Un hombre lobo americano en Londres o Las buenas maneras (As Boas Maneiras, 2017). Estos míticos licántropos provocan horror puro, al mismo tiempo, son víctimas que nunca pierden su humanidad del todo, destinadas a un final funesto. 

Siguiendo los pasos de Late Phases (2014), de Adrián García Bogliano, y Las buenas maneras (emotiva historia coming-of-age y retrato de la maternidad), Teddy es una adición notable al terror sobre hombres lobo.