Crítica: ‘The Haunting of Sharon Tate’ de Daniel Farrands

Por Eric Ortiz García (@EricOrtizG)

50 años han pasado desde los asesinatos Tate-LaBianca perpetrados por la llamada familia Manson, los cuales han sido abordados y explotados hasta la saciedad por la cultura popular. Al tratarse de un aniversario significativo, de un año como 1969 que marcó un nuevo rumbo respecto a la contracultura y al “verano del amor” de 1967, era inevitable que surgieran más películas basadas en Charles Manson, sus súbditos y sus víctimas (entre ellas la actriz Sharon Tate). 

Sin embargo, no todas las producciones pueden darse el lujo de alejarse de la Mansonploitation cinematográfica de la mano de Quentin Tarantino, un presupuesto millonario y un reparto plagado de estrellas como Brad Pitt, Leonardo DiCaprio y Margot Robbie (en el rol de Tate); hay otras cintas que, con descaro, simplemente toman la violenta historia verídica para que su propuesta, de otra forma totalmente genérica, gane mayor atención en el mercado. Aquí entra The Haunting of Sharon Tate, de Daniel Farrands, la cual si inicialmente aporta algo al tema es que está narrada desde el punto de vista de Tate (interpretada por la otrora teen idol Hilary Duff) y sus amigos, días previos a la madrugada fatídica del sábado 9 de agosto de 1969. 

The Manson Family, de Jim Van Bebber, exhibe sin reparo la experimentación con drogas, las orgías y, en general, la locura que se vivía en el rancho de la familia Manson, así como la brutalidad de sus más notorios asesinatos; por su parte, Helter Skelter, de Tom Gries, explora las consecuencias y las investigaciones oficiales hasta que Manson y algunos de sus seguidores son sentenciados a muerte. The Haunting of Sharon Tate, entonces, muestra a Tate junto con sus conocidos –también eventuales víctimas–: Jay Sebring (Jonathan Bennett), Wojciech Frykowski (Pawel Szajda) y Abigail Folger (Lydia Hearst), interacciones que dan algo de visibilidad a la conflictiva relación entre Tate y Roman Polanski. De acuerdo al filme, Tate sospechaba que Polanski la engañaba, aunado a que no era bien visto por nadie de ellos que el cineasta había decidido permanecer en Londres, Inglaterra, para trabajar en un guión, aún cuando su esposa estaba a sólo semanas de dar a luz. 

No obstante, desde la primera secuencia de The Haunting of Sharon Tate queda claro que estamos ante la Mansonploitation en estado puro: ¿Sharon Tate  teniendo sueños y premoniciones de su asesinato un año antes? Este supuesto hecho verídico, que ha sido rotundamente desmentido por la hermana de Tate, es el punto de partida y el asunto central de la película de Farrands, algo que –más que ahondar en una perspectiva diferente de la tragedia– nos lleva a diversos lugares comunes del terror. Si olvidamos por un momento que la trama versa sobre Tate, Manson y compañía, tenemos un escenario y una ejecución común y corriente: una mujer que acaba de regresar a su hogar siente que algo no está bien, al tiempo que comienzan a suceder cosas que sólo refuerzan este inquietante pensamiento: hay ruidos extraños, tipos desconocidos aparentemente merodean el lugar, sus amigos toman decisiones sin su permiso, incluso hay cuestiones que rayan en lo paranormal. 

Todo esto es, efectivamente, una insípida sucesión de clichés, pero al recordar que la protagonista es Sharon Tate, se alcanza otro nivel de lo absurdo. Que las situaciones y los diálogos sean increíblemente torpes y burdos no ayuda en nada y, en consecuencia, The Haunting of Sharon Tate será recordada no por su intento de indagar en el tema del destino y si todo está previamente escrito o no, ni por su desenlace carente de sentido, sino por una serie de momentos infames. 

Veamos, en The Haunting of Sharon Tate hay una secuencia donde un juego que predice el futuro le dice a Tate que no vivirá felizmente por mucho tiempo, una subtrama que involucra a Steven Parent (otra de las víctimas de la familia Manson, interpretado por Ryan Cargill) convertido en “experto” en mensajes subliminales que alertan el “Helter Skelter” y se esconden en un casete que a veces se reproduce sólo (¿por qué diablos no?), e incluso un momento pesadillesco en el que Tate parece remitir a Rosemary (el personaje de Mia Farrow en la obra maestra El bebé de Rosemary) y le alerta por teléfono a su esposo que algo terrible sucederá, que sus conocidos están conspirando en contra de ella y que existe un hombre llamado Charlie y un culto que “vendrá para llevarse al bebé”. Anteriormente uno de sus amigos había tratado de calmar a la paranoica Tate diciéndole, así sin más, “esta no es una película de Roman [Polanski]”, en un pedazo de diálogo digno de enmarcar. 

Bienvenidos de vuelta a la Mansonploitation.

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